infraestructuras, déficit y empleo

 

En el rugby, deporte atractivo donde los haya y en el que las féminas españolas han sido campeonas y subcampeonas de Europa en varias ocasiones, hay una jugada muy conocida, la patada a seguir. Cuando se ataca no se puede ir por delante del balón ovalado y la patada a seguir es una forma de intentar desbordar las líneas defensivas del adversario al sorprenderle en un movimiento que le pilla a contrapié. La patada a seguir manda el balón hacia delante, pero no tenemos la certeza del resultado de la jugada. En el fondo es un intento de abandonar el lugar del campo en el que nos encontramos, esperando que podamos sacar ventaja al ocupar otra posición. De tal forma que, aparentando ser una jugada ofensiva, en realidad es defensiva.

En muchos países de nuestro entorno económico, no solo geográfico, el aumento de la deuda pública y privada ha sido el resultado de políticas de “patada a seguir”. Políticas económicas defensivas que intentaban camuflar los efectos de políticas que resultaban ser regresivas. Cuando determinados gobiernos informaban de las bajadas de los tipos nominales de ciertos impuestos, pretendían convencer a los ciudadanos de las bondades de las medidas adoptadas al informar de las supuestas mayores rentas disponibles, como consecuencia de menores impuestos directos. Se les “olvidaba” comentar que las rentas reales no aumentaban por los efectos de la inflación y para compensar el olvido animaban el endeudamiento, porque si no era mediante endeudamiento el consumo no tiraba y las economías se estancaban.

También tenían que simular que los servicios que prestaba el sector público se mantenían inalterados, a pesar de los menores ingresos de los impuestos directos, y usaban tres remedios, un aumento de los impuestos indirectos, que a todos afectan por igual independientemente del nivel de renta, una disminución de la inversión en infraestructuras, que deteriora la base del sistema productivo, y un aumento de los niveles de deuda pública, vía déficit. Un mix perverso que, unido al endeudamiento privado, deja a las economías en estado de shock, como estamos comprobando en la actualidad. Porque el balón, impulsado por la patada a seguir, alcanza un límite de altura y de distancia, luego comienza a caer y, es muy posible, que no ocupemos esa posición ideal en el campo de juego. Y algo tenemos que hacer, porque si no hacemos algo el balón nos dejará en fuera de juego e incluso nos puede golpear en la cabeza.

Personal al servicio de las administraciones públicas

Personal al servicio de las administraciones públicas. 2007-2016

¿Podemos hacer algo?, se preguntan los geniales directores de la política económica. Aunque ya no podemos volver a subir los impuestos directos, porque los principios lo han descartado totalmente y estamos preparando el teatrillo para anunciar próximamente una nueva bajada, sí se puede hacer algo, responden aliviados. Reducir el número de empleados públicos y bajarles el salario real, para empezar. Ello permite contagiar una política de depresión en las retribuciones que, más tarde o más temprano, da la cara y se refleja en las estadísticas, como la caída de los costes salariales en España en 2016, con inflación positiva lo que aumenta la importancia de la caída. De esta manera se sigue alimentando el círculo deprimente de la deuda.

Es necesario un enfoque diferente del utilizado en los últimos años, no me refiero solo a los últimos 10, para afrontar la que ya es la crisis económica más profunda y prolongada de la historia y con efectos devastadores para amplias capas de la población y con el temor de que esos efectos sean duraderos en el tiempo. Una de las propuestas que más se oyen es la de aumentar la inversión en infraestructuras, pero yo no hablaría de cualquier tipo de infraestructuras y menos en España, que luego nos damos a los aeropuertos para pájaros o a las ciudades sin habitantes o a los túneles que se congestionan. También se habla de aumentar los recursos destinados a la formación para mejorar la empleabilidad de las personas en busca de empleo y de aquellas que, estando empleadas, lo están en situación precaria. Esto es lo que se denomina, en otros lugares, políticas activas de empleo. Digo en otros lugares porque en España casi se han dejado de aplicar, salvo para rebajar las cotizaciones sociales de los empleadores, lo que no es una política activa de empleo eficaz, salvo para ciertas franjas de edad.

Pero ambas propuestas, infraestructuras y políticas activas de empleo, requieren el uso de recursos financieros, de los que parece ser que no disponemos y por eso, a cambio, usamos la propaganda, que es más barata, y al parecer mucho más efectiva por los resultados que proporciona. Especialmente si contamos con la colaboración de unos medios ávidos de ayudar, en bien del interés general, al rector de la política económica. Y esta semana hemos conocido dos ejemplos de propaganda, en el caso de uno de ellos con la anuencia y bendición de los teóricos defensores de los afectados. Se los resumo brevemente porque, dadas sus limitadas consecuencias, no merece entrar en muchos detalles.

El primer anuncio es que el Gobierno lanza la mayor oferta de empleo público de la democracia, que ya es lanzar, casi me recuerdan al admirado Manolo Martínez. Luego, cuando se lee el interior de la información, se comprueba que la oferta no es para aumentar el empleo, la oferta es para que los interinos pasen a ser funcionarios con plenos derechos. ¡Acabáramos! Y es un plan a 3 años. Pero todo el mundo se quedó tan contento, porque parecía que se había resuelto el problema del paro. La primera vez que leí los titulares de la noticia, me pregunté ¿con qué impuestos van a pagar semejante aumento de personal? Una vez más me di cuenta que no se puede opinar hasta leer todo el contenido, que luego vas y trabajas para la propaganda.

Déficit de las administraciones públicas 2016

Déficit de las administraciones públicas 2016

En el primer cuadro podían ver la evolución del empleo público total en España en los últimos 10 años. Sin incluir al personal de las universidades, por problemas de homogeneización de datos, el personal al servicio de todas las administraciones públicas ha disminuido en más de 45.000 personas entre enero de 2007 y julio de 2016. Y en enero de 2007 no se alcanzó el pico máximo de empleo público. Aprovecho para decir que ese volumen de empleo público es uno de los menores, con relación al empleo total, en los países de nuestro entorno económico.

El segundo anuncio, más impactante aún, es que el déficit público cumple con holgura el compromiso con Bruselas. Vamos que ya se han resuelto todos los problemas y, al parecer, nos podemos ir de vacaciones prolongadas. Si observamos con detalle los datos, comprobamos que la Administración Central nada ha hecho en 2016 por reducir el déficit público, como tampoco ha hecho nada la Seguridad Social, que muy al contrario lo ha aumentado. ¿Quiénes han hecho el esfuerzo? Las comunidades autónomas y las corporaciones locales. Estas últimas lo vienen haciendo desde el primer minuto, a pesar de lo cual fueron “castigadas” con la reforma de la Ley de Bases de Régimen Local que les cercenó sus facultades, en detrimento de los ciudadanos.

De infraestructuras o políticas activas de empleo, de las auténticas, nadie habla. Seguimos alimentando la nube en la que nos hemos instalado. Y mientras tanto, la deuda pública sigue creciendo inexorablemente, causa por la que no podemos invertir para cambiar el ciclo de verdad. Invertir en políticas de ahorro energético o en políticas de depuración y tratamiento de las aguas o en mejoras de los sistemas de riego o en sistemas de transporte público que reduzcan los efectos de la contaminación o en redes de transporte eficiente. Porque ¿cuándo volverá un periodo con un menor coste del dinero como ocurre en estos momentos, para poder invertir en infraestructuras? Tengan en cuenta que inversiones en infraestructuras eficientes suponen reducciones de costes que son las que permiten financiar los proyectos. Y, además, crean empleo, del de verdad. Se está perdiendo una oportunidad histórica.

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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