residual (1ª parte)

 

Este relato, del que hoy publico la 1ª parte, lo presenté al concurso literario que organiza la asociación profesional de la que soy miembro, sin lograr convencer al jurado del mismo. Espero que ustedes serán más magnánimos conmigo.

Su azarosa vida, fruto de su afán de aventura permanente, le había hecho recorrer medio mundo y desempeñar las profesiones más variopintas, estibador, carpintero, fotógrafo, albañil, periodista, camarero, conductor o “chauffeur”, como él gustaba decir con acento francés. Pero cuando había que ponerse serio, lo que ocurría a menudo, especialmente ante las autoridades, repetía de forma invariable “de profesión, contable, como el fraile”. Y aquí le surgían los primeros problemas porque la gente, también invariablemente, le preguntaba ¿Cómo el fraile?, ¿Qué fraile? Él adoptaba un aire de suficiencia y contestaba “como Fray Luca Pacioli, contemporáneo de Leonardo, e inventor de la partida doble o anfisografía, la contabilidad que hoy conocemos”. Y así ocurría que la gente le tomaba por un pobre chiflado, eso sí inofensivo, y le dejaban en paz.

Fray Luca Pacioli¿Inofensivo? Si ellos supieran con quién se estaban jugando los cuartos, con todo un contable de los tiempos de los semovientes, con uno de los inventores de la “contabilidad creativa”. Sí, esa que empezaba preguntando ¿Cuál es el resultado que desea obtener el señor? Este hombre había vivido sin planes, con seudoplanes y había visto desfilar tres auténticos planes. Aunque, la verdad sea dicha, al último lo había visto de lejos y solo tenía noticias suyas de oídas. Lo que no sabía aún es que ese plan, al que consideraban el más sofisticado de todos, iba a intentar amargarle los últimos años de su vida profesional.

Vida profesional por decir algo. La crisis, la maldita crisis, le había puesto en una difícil situación, sin oficio ni beneficio, sin derecho a desempleo, “él era un autónomo de tomo y lomo”. Vamos que no tenía donde caerse muerto y, con más años que Matusalén encima, el futuro era oscuro, muy oscuro. A pesar de ese acento tan francés, realmente no sabía idiomas. El poco francés que sabía lo había aprendido trabajando en una filial de una empresa francesa como, ¿de qué si no?, contable. Dada la similitud de los planes contables de ambos países (Francia y España, los españoles siempre con nuestras querencias napoleónicas) le permitieron trabajar un tiempo, hacía muchos años, entre aventura y aventura. Ahora bien, hablar o escribir francés, más bien poco. Eso sí había sido “chauffeur”.

Total, que su única salvación estaba en retornar a su mundo contable. Estaba convencido que alguien se apiadaría de su alma y le ofrecería llevar una contabilidad como antaño, y por otra parte, si un aspirante a presidente de gobierno podía aprender economía en dos tardes ¿por qué él no iba a ser capaz de ponerse al día con las nuevas normas contables en una semana? No era consciente donde se adentraba, del mundo complejo al que se enfrentaba, ahora no podía ser contable un cualquiera, no era asunto de bachilleres. Había que saber mucho, había que conocer bien los temas fiscales, los tiempos del ITE habían quedado atrás, especialmente había que saber matemáticas financieras y conocer que eran los derivados financieros. ¡Ja! Se dijo para sus adentros, derivados a mí, asustarme con el IVA. Y se puso manos a la obra, total no tenía nada que perder, tiempo era lo que le sobraba y, aunque no tenía libros ni dinero para comprarlos, las bibliotecas públicas estaban bien surtidas de publicaciones especializadas.

Tractatus XI de Luca PacioliTenía una ventaja, adquirida a lo largo de sus muchos años de hacer y de las experiencias vividas, era constante, tenaz y no le tenía miedo al trabajo. Sabía guardar una disciplina. En esto se sentía superior a los jóvenes que le rodeaban. Él, que había vivido los tiempos en que los rollos de papel de las sumadoras se usaban por las dos caras, para ahorrar, se iba a asustar por un quítame allá esas pajas. En disciplina, tenacidad y fundamentos era difícil ganarle. Pero las pajas que aquí se aventaban eran otras muy distintas. ¿Sabía él que era eso del impuesto diferido? ¿Tendría algo que ver este diferido con el finiquito en diferido del que hablaban los periódicos? Sus maestros en el arte contable no le habían explicado que era eso de las carteras ni le hablaron del estado de cambios en el patrimonio. Y, sobre todo, el plan estaba lleno de mucho residuo. Lo residual estaba por todas partes y eso no le gustaba nada, era superior a sus fuerzas, aparecía casi veinte veces a lo largo del texto. Todo esto le alteraba y le hizo ponerse en estado de alerta ¿Dónde se iba a meter? Calma se dijo, este agobio tuyo es fruto de la falta de hábito, recuerda que hay tres cosas que, una vez que se aprenden, no se olvidan jamás, montar en bici, hacer el amor y anotar un asiento.

Así que empezó por donde mandan los cánones, Marco Conceptual de la Contabilidad, el principio. Y, en el principio, el conocimiento se hizo grafo y conectó las realidades. Pero aquello no empezaba bien, “La información es relevante cuando es útil para la toma de decisiones económicas, es decir, cuando ayuda a evaluar sucesos, pasados, presentes o futuros…” ¿Sucesos futuros?, ¿Desde cuándo existían los sucesos futuros? ¡Qué pronto habían hecho acto de presencia los vendedores de crecepelo! Pero no se desanimó, siguió adelante. La verdad es que era un esfuerzo titánico, los principios se habían transmutado, la prudencia (qué es la madre de la ciencia) había quedado relegada y en él se incluían cosas que no eran ni principios ni prudencia, y eso que solo iba por la página uno. Pero al llegar a la segunda y enfrentarse a los Elementos de las cuentas anuales se descompuso, “Patrimonio neto: constituye la parte residual de los activos de una empresa, una vez deducidos todos sus pasivos.” ¿Cómo era posible que se hubiese definido así el patrimonio neto de una empresa?

Pobre Amancio, era dueño de la mitad de un residuo de 10.000 millones de euros, sobre un activo de 16.000 millones de euros. Por un momento se le apareció la imagen goleadora de Amancio Amaro en Bruselas, ¡No! se dijo a sí mismo, te hablo de Amancio Ortega. ¿Cómo podían ser tan parcos en palabras, disponer de un léxico tan pobre y racanear con el lenguaje esos sesudos catedráticos? No, esto era inaudito. Después de tantos lustros hablando de aportaciones y de resultados generados y no distribuidos, para venir a definir el valor contable de una empresa con un término despectivo como el de residuo.

Se levantó de la silla para consultar el DRAE, Diccionario de la Real Academia Española, que le ofreció estas cuatro acepciones de la palabra residuo:

  1. Parte o porción que queda de un todo.
  2. Sello sobre Fray Luca PacioliAquello que resulta de la descomposición o destrucción de algo.
  3. Material que queda como inservible después de haber realizado un trabajo u operación.
  4. Resto de la sustracción y de la división.

De lo anterior cabía deducir que el activo lo era todo, pues ni la segunda ni la tercera acepciones se podían admitir en este caso y si se usaba la cuarta estaríamos ante un pleonasmo. Pero lo que decía el plan no era nada, no identificaba nada, el patrimonio neto era el resultado de una resta, nada más. La definición ofrecida no tenía sustancia alguna. ¡Ah, sustancia! Bonita palabra esta que habla de lo que subyace, de aquello que está en lo más profundo, de aquello que permanece. Volvió a su DRAE. Sustancia:

  1. Ser, esencia o naturaleza de algo.
  2. Aquello que constituye lo más importante de algo.
  3. Aquello que permanece en algo que cambia.

¡Ah, Heráclito! Qué genio tan mal explicado.

… continuará

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

2 comentarios en “residual (1ª parte)

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