café comercial

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Cuando nos despedíamos para hacer un alto vacacional, allá por el 27 de julio, nos enteramos del cierre de uno de los cafés más antiguos de Madrid, según algunos el más antiguo, que había venido funcionando ininterrumpidamente desde marzo de 1887. Se trata, se trataba, del Café Comercial, ubicado en la Glorieta de Bilbao. Para abrir boca les dejo esta breve, pero estupenda, columna sobre el cierre, de Jorge M. Reverte.

Todo el mundo se pregunta qué ha ocurrido para que un establecimiento con tanta fama y antigüedad se haya cerrado de esta manera tan abrupta, pues según han manifestado los empleados nadie les había avisado con antelación al día del cierre. Casi nada es casual en esta vida y mucho menos en el mundo de los negocios. Según han declarado los propios empleados las dueñas del negocio, tercera generación de una misma familia que regentaba el comercio, han manifestado que estaban cansadas y achacosas. Nadie debe dudar de sus palabras, desde luego yo no lo haré.

No tengo memoria de haber estado en el Café Comercial con anterioridad al mes de julio de este año al que, a primeros, acudí a un acto que se celebró en el mismo. Debo ser de los pocos habitantes de Madrid que no han estado allí, pues al decir de las crónicas era muy concurrido y utilizado además para tertulias, ya fueran estas literarias o políticas. Espero que nadie me impute responsabilidad alguna en el cierre por mi tardía visita. La sensación que saqué de esa visita fue que el café, cafetería o como quiera que lo denominemos, no estaba a la altura de los tiempos, estaba ajado, descuidado, sin lustre, con mala acústica. Se podría decir que tenía un aspecto de abandono general. La decisión de cierre debía de venir de lejos, pero no de unos meses atrás, yo creo que de años atrás. No se observaba que las propietarias hubieran efectuado inversión alguna en ese establecimiento en muchísimo tiempo.

Comprendo que mis palabras puedan no gustar a algunos, pero responden a la realidad de lo que había. El Café Comercial estaba en el mismo estado triste y gris en que se encuentran muchos edificios de Madrid, por no hablar de barrios enteros, fruto del abandono de sus propietarios. Estoy seguro que a muchos les agradan esos establecimientos en que sus camareros y camareras, dotados de una gran memoria y retentiva, son capaces de atender los servicios sin tomar nota de los pedidos. Pero en los tiempos actuales conviene anotar los pedidos. Como leí una vez, más vale un lápiz corto que una memoria larga.

Café Comercial, fotografía del 26-08-2015

Café Comercial, fotografía del 26-08-2015

Es cierto que otras ciudades cuidan esas perlas de su historia, como bien podría ser el Café Comercial de Madrid, procurando conservarlas casi intactas, pero en buen estado y con una promoción adecuada para asegurar la rentabilidad económica. Porque para mantener abierto un establecimiento comercial, como cualquier empresa que se precie, es necesario que sea rentable. Y esa rentabilidad no se logra por decreto, no basta con ser parte de la historia, especialmente en el mundo nacional en el que lo histórico no es muy valorado.

Dicho todo lo anterior es cierto que el comercio en Madrid y en todas las ciudades de este país está cambiando a pasos agigantados. Un amigo mío me decía hace unos días, “la Gran Vía se ha vuelto un escaparate de franquicias, solo hay franquicias, ya no quedan establecimientos autóctonos ni diversidad comercial”. Días antes de esa conversación y, con motivo del cierre del Café Comercial, nos lo advertía Elvira Lindo en esta columna hablando de la capital de la franquicia. No seré yo el que niegue la prevalencia de las franquicias, pero también afirmo que han aportado mucho al desarrollo del comercio y muchas de las que triunfan son autóctonas y, admitámoslo, muy buenas franquicias.

Explotar un comercio, cualquiera que sea su objeto, es complejo, los márgenes están muy aquilatados y se requieren fuertes inversiones en la adecuación y ornamentación de los locales. El trabajo sistemático y la resolución de ciertos problemas relacionados con las economías de escala son resueltos por el sistema de franquicias. Por eso triunfan, porque el modelo de negocio solitario no funciona, salvo que disponga de un empuje constante y una constante adaptación a los tiempos. Los uniformes de los camareros y camareras del Café Comercial es posible que pudieran ser como los de antaño, pero el utillaje estaba obsoleto. Pero esta dificultad para mantener en pie a los solitarios de antaño no explica las dificultades por las que atraviesa la actividad comercial en el país, cierto que en unas zonas más que en otras.

Local comercial cerrado en calle Sagasta, Madrid

Local comercial cerrado en calle Sagasta, Madrid

Porque los que están cerrando no dejan de ser establecimientos que tienen una bien ganada fama, a los que es posible que haya que hacerles algunas adaptaciones y mejoras, y gozan de un cartel que cuesta trabajo lograr en poco tiempo. Esa es la ventaja de las franquicias, que el cartel ya lo tienen creado, aunque ese concreto que vemos cerca de casa haya abierto ayer mismo. No podemos olvidar que en este terreno de los establecimientos comerciales se ha añadido una crisis adicional, el fin del periodo transitorio (20 años) que concedía la Ley de arrendamientos urbanos de 1994 y que ha propiciado el cierre de muchos establecimientos por no alcanzarse acuerdos entre los dueños y los inquilinos. A la que debemos añadir el cierre de innumerables oficinas bancarias.

Pero regresemos a nuestro Café Comercial de la Glorieta de Bilbao de Madrid. Alguno de sus empleados afirmaba que el edificio, incluyendo el local, es propiedad de la familia de las dueñas del café. A partir de ahí permítanme construir una hipótesis, de lo más verosímil, sobre lo ocurrido con el Comercial. La hipótesis, que es un aviso para otros navegantes, demuestra que las cosas no son para siempre, que la inmutabilidad no existe, que el mundo ha cambiado mucho y que hay que planificar y prever porque el futuro no está escrito para nada ni para nadie.

Las propietarias del negocio se declaraban cansadas y achacosas y por ello decidían dar por terminada la actividad. Ello supone que estaban en edad de jubilarse. Hemos de suponer que ambas señoras, directamente, eran las empresarias. Como saben algunas personas, los expertos en materia laboral y, desde hoy, todos los lectores del Realdeaocho, cuando el empresario, persona física, se jubila, solo viene obligado, con relación a sus trabajadores, al pago de una mensualidad. Ello es así porque no se produce un despido, sino una finalización del contrato por una causa sobrevenida. Como quiera que las propietarias del negocio tendrán buenos asesores, les habrán sugerido la conveniencia de jubilarse, cerrar el local durante algo más de un mes para demostrar que no hay continuación de la actividad y proceder a su posterior arrendamiento a, lo han adivinado, un establecimiento de alguna franquicia que pagará un arrendamiento más alto y utilizará empleados menos costosos, probablemente también menos expertos. ¿Hubieran existido otras soluciones menos traumáticas? Seguramente, pero para ello hace falta negociar, algo que en este país está muy mal visto últimamente. Pues negociar conlleva ceder y veo a muy poca gente dispuesta a ceder lo más mínimo desde sus posiciones de partida.

Les ruego disculpen el atrevimiento por mi parte, si necesitan negociar o estudiar el futuro de su negocio, no duden en consultarme, les aseguro que se ahorrarán dolores de cabeza y disgustos. Pero, acepten o no el ofrecimiento, por favor, sean flexibles.

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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