los reyes trajeron carbón

 

Europa fue, aún sigue siendo, un gran productor de carbón, también de acero, y cuando algunos líderes políticos buscaban caminos que encauzaran a este continente por la senda de la paz pusieron en marcha la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), preludio de la Unión Europea (UE) de la que formamos parte, que nació en abril de 1951 para poner bajo una autoridad supraestatal común dos elementos tan importantes como los que le daban nombre, usados en la fabricación de armas. Son muchos los convencidos de que ello contribuyó a un prolongado periodo de paz que llega hasta nuestros días. Porque este viejo continente, tan viejo como los demás, es capaz de generar modernas propuestas, que en su momento pueden parecer abocadas al fracaso, pero que el empeño de sus ciudadanos hace que lleguen a buen puerto y nos permiten seguir progresando.

Además de por su uso en la siderurgia, el carbón es conocido como combustible, especialmente para la obtención de electricidad en centrales térmicas. El problema que tiene el carbón, además de los derivados del proceso de extracción, es su alto poder contaminante, como les ocurre al resto de combustibles fósiles. No hay que ir muy lejos para conocer los efectos, ciertamente devastadores, que el uso del carbón, y la lluvia ácida derivada, causan en el entorno. La reducción lograda en la contaminación de las ciudades con la eliminación de las instalaciones generadoras de calor alimentadas con carbón es muy significativa, lo que ha hecho descuidar el control sobre otras fuentes contaminantes.

Nuevamente es la UE la que se ocupa y preocupa por el carbón. A mediados de 2017 se hizo pública la nueva normativa de la UE sobre los límites en las emisiones de las centrales de carbón en toda la UE y el plazo que se abría, de 4 años, para proceder a la adaptación de las instalaciones existentes a esta nueva normativa. Quizá es por eso que la patronal Eurelectric hacía público unos meses antes, muy probablemente para limitar los efectos de la nueva normativa, que los productores de electricidad de la UE, excepto los de Polonia y Grecia, se comprometían a no construir nuevas centrales eléctricas de carbón a partir de 2020. Todo parecía ir por el camino adecuado para lograr los compromisos acordados en el llamado Acuerdo de París sobre cambio climático, más propiamente Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático 2015. De todas formas, estas medidas no iban del todo de acuerdo con la corriente imperante en el mundo, el gráfico que pueden ver a continuación nos permite conocer la obtención de electricidad con base en el carbón, a nivel mundial, que seguía un crecimiento exponencial y que solo se ha estabilizado a partir de los primeros años de este siglo XXI, pero no reducido.

Fuente: Banco Mundial

Y en este terreno destacan Polonia, Estonia, Australia, República Checa, EE UU, Chile, Alemania, Holanda, Israel, según datos del Banco Mundial y, por otras fuentes de información, Rusia, y China.

Fuente: Banco Mundial

Y, en la UE, existía un acuerdo no escrito de eliminar ciertas subvenciones al carbón, a partir de 2020, para contribuir a limitar su uso, en las centrales térmicas. Y es que, si asumimos el cambio climático, debemos establecer límites rigurosos a las emisiones de CO2. Más allá de lo que nos puedan sugerir el actual inquilino de la Casa Blanca o el primo de un gracioso político español. Tan es así que hay una gran cantidad de países europeos que tiene planes de cierre de las centrales térmicas de carbón. Grupo en el que este país, España, no se encuentra, desgraciadamente. Bien es cierto que los cambios en las fuentes de energía primaria utilizadas para la obtención de energía eléctrica, es algo complejo, y requiere tiempo, pero lo que no es admisible es prolongar el estado actual de las cosas.

Y se han prolongado. En la reunión del Consejo de la UE, no confundir con el Consejo Europeo, del 18 de diciembre de 2017, dedicada a asuntos de energía, se aprobó mantener las ayudas para mantener activas las centrales térmicas de carbón hasta 2025, pero ampliable a 2030. Vean la valoración que hacen algunos medios, aquí y aquí, de esta prórroga a la carbonización de nuestra electricidad. Ciertamente nuestro país, España, no es de los primeros en el uso del carbón para obtener electricidad, ya han visto el mapa anterior, nada que ver con los elevadísimos niveles de Estonia que, casualidades de la vida, ocupaba la presidencia de turno del Consejo de la UE en el segundo semestre de 2017.

La decisión no ha gustado, con razón, a algunos y ello ha provocado que en las últimas semanas se haya desatado una guerra soterrada en los medios sobre el particular. Y algunas de las posiciones mantenidas no se compadecen con la realidad en la que vivimos. Veamos, el gobierno español se ha posicionado por defender el uso del carbón sin razón aparente, pues la producción de carbón en España ha ido descendiendo de forma paulatina desde hace casi 30 años, pues de 40 millones de toneladas hemos pasado a menos de 4.000, dato, éste último, que pueden ver en el cuadro que sigue a continuación, lo que supone una reducción de más del 50% en los últimos 7 años.Pero es que, a pesar de lo que nos quieren vender los supuestos defensores del carbón autóctono (dicen que suena mejor esta palabra que nacional) de que las importaciones de carbón han crecido exponencialmente en los últimos años, en el gráfico que sigue a continuación pueden comprobar que ello no es cierto.Nada es lo que parece ser y tan preocupados estamos por el calor que nos producen las fricciones políticas internas, que nos olvidamos de prestar atención a las fuentes primarias de energía. Las renovables están estancadas, porque no debían ser del gusto del primo; el carbón está siendo favorecido, sin saber a quién beneficia todo esto, y mientras tanto no tenemos planes, ni siquiera en discusión, para abordar el cierre de las centrales de carbón. A algunos debió de parecerles muy agorero este artículo, de hace muy poco, y han decidido que todo siga igual. Y eso que disponemos de estudios técnicos que apuntan a que es posible abordar el cierre de las plantas de carbón y de las nucleares al tiempo y antes de terminar 2025. Claro que en ese estudio se habla de ahorro energético, de eso que se llama racionalizar el uso de las fuentes disponibles, y eso no es muy habitual en este país, España. Mientras tanto seguiremos contribuyendo al aumento de la temperatura media climática y a la emisión de sustancias nocivas para la salud. En estas cuestiones no podemos corregir lo mal hecho con anterioridad, pero, al menos, debemos corregir nuestro caminar y eso no lo estamos haciendo. Tan lejos ha llegado el menosprecio a la racionalización y aprovechamiento energético que, una de las pocas aportaciones en este ámbito y en el de la reducción del CO2, lo dejamos caer en el abandono y en el olvido.

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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