¿vivir sin trabajar?

 

Hace unos días, mientras consultaba la prensa, llamó mi atención este titular ‘Lo fundamental de la renta básica es concebir que recibir un ingreso y vivir al margen del trabajo remunerado es justo’, que venía a poner negro sobre blanco una de las propuestas más atrevidas que, aparentemente, están sobre la mesa del debate económico y social en ciertos círculos de los países desarrollados. La renta básica es que cada ciudadano, por el hecho de serlo, perciba una prestación monetaria del estado, cualquiera que fuese su situación y en cualquier circunstancia. No confundir la renta básica con la renta mínima. La segunda es una prestación para aquellas personas que no disponen de otros ingresos, tiene una duración determinada y conlleva una serie de condiciones. En España disponemos, a nivel estatal o bien desde las comunidades autónomas, de renta mínima. Destacando la del País Vasco, pues por sus condiciones se asemeja más a una renta mínima universal. Ya saben que con buen cupo se logran buenas prestaciones.

Pero ¿por qué una renta básica o una renta mínima? Lo primero que debo hacer es rechazar lo de la teórica maldición divina del trabajo que nos acompaña desde hace ¿20 siglos o más? No considero que el trabajo sea una maldición, es una necesidad. Quizá no terminamos de asimilar la organización de la sociedad con la especialización que nos asegura una mayor eficiencia. El trabajo es un medio, no un fin en sí mismo, pero es necesario y, a veces, muy enriquecedor. Por eso no puedo compartir que se hable de la renta básica como un elemento ‘liberalizador’. Pero volviendo al medio, el trabajo remunerado, empiezan a surgir problemas, este medio se está volviendo escaso y por él se perciben retribuciones que, en algunos casos, no son suficientes para superar los niveles de pobreza. Pero es que, además, la capacitación de las personas para desempeñar los trabajos que se presentan, eso que se llama empleabilidad, también se reduce con el paso del tiempo, como consecuencia, fundamentalmente, de las velocidades a las que hay que adaptarse a los nuevos empleos.

Digamos que todos los expertos en el mercado de trabajo aceptan, con mayor o menor convicción, que, por primera vez en mucho tiempo, disponer de un empleo no asegura superar el umbral de la pobreza. Y es que, en muchas ocasiones, hablamos de empleos de jornadas reducidas y sin la necesaria continuidad. Fíjense en los datos que nos proporciona la base informativa del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, en cuanto al origen de los ingresos declarados, año a año. Les he sombreado el dato que supone el mayor valor alcanzado en la tabla a lo largo del tiempo. Aún en 2017 no se han alcanzado los salarios de 2008, como tampoco lo han hecho las denominadas rentas de la empresa. Solo hay dos elementos con crecimiento continuado en el tiempo, desde hace casi un cuarto de siglo, y que alcanzan sus mayores niveles en el último año precisamente, pensiones y arrendamientos.

Hagamos un alto para abordar dos cuestiones determinantes en esto de vivir o sobrevivir. La primera es ¿qué es ser empleable? pues tener la capacidad para poder desempeñar los cometidos de los empleos que nos ofrecen, eso que se conoce como disponer de las competencias necesarias, fíjense que hablo de competencias y no de formación, la segunda es una parte de la primera. La segunda cuestión es ¿cuál es el umbral de pobreza?, según dicen los expertos es el 60% de la renta mediana (que es el nivel de renta que divide en dos partes iguales a la población que trabaja) Dicho lo anterior, aceptaré el criterio, pero no lo comparto; pues no me gustan aquellos criterios que se basan en los datos que, a su vez, definen o forman parte de lo analizado al ser muy subjetivos. Me gustan más los criterios basados en parámetros objetivos, valor de los bienes y servicios necesarios para no ser considerado pobre, por ejemplo.

Con todo, ya estamos entrando en el problema, bueno en el doble problema. Y este doble problema, dificultad para ser empleable y dificultad para obtener un nivel de renta que asegure que no se es pobre, preocupa desde hace mucho. Y así es que, desde hace tiempo, han existido propuestas para abordar este problema del, para unos, riesgo de exclusión social, y, para otros, abandono de la pobreza. Contra la exclusión social, la renta mínima; contra la pobreza, la renta básica.

Pero ambas alternativas, en las que no se puede pensar de forma rígida, tienen un pequeño problema, un problema extrínseco a la definición de ambas, que hoy en día, después de tanto hablar de ellas, están muy bien definidas, tanto conceptual como técnicamente, o al menos eso nos dicen sus defensores y detractores. Del pequeño problema nos hablan más los segundos que los primeros. El pequeño problema es ¿cómo se pagan esas rentas, sean mínimas o básicas? Los cálculos los hay de todos los colores, aunque ya saben que, para colores, las flores y más en primavera. El titular de un medio que, pretendiendo descalificar la renta básica, nos habla de la renta mínima, informa que el Gobierno ha pedido a la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) que elabore un estudio sobre la viabilidad de implantar una renta mínima, esperemos que el encargo sea fruto de una preocupación de qué hacer en el futuro. El estudio tardará unos 9 meses en ver la luz.

Algunos especialistas se han abonado a lo que se podría denominar como un Impuesto sobre la Renta con tramo negativo. Dejen aparte los prejuicios, por los autores que se citan, y céntrense en la propuesta porque tiene sentido la vinculación entre un impuesto negativo sobre la renta del trabajo que evita el problema de la brusca desaparición de la ayuda e incentiva la búsqueda de empleo. Porque esa búsqueda de empleo, de manera activa, es lo que más preocupa a los defensores de la renta mínima, ser capaces de dar con el mecanismo de equilibrio que sirva para ayudar, pero que a la vez no desincentive el trabajo remunerado.

La renta básica, como ya he dicho, es lo que llaman un derecho ciudadano y, en consecuencia, su percepción se produce siempre y en cualquier circunstancia, independientemente del nivel de renta o de la situación laboral. Tres autores han presentado recientemente un libro sobre la renta básica y, según la reseña de prensa, el coste neto del sistema, pues habría que restar ciertas prestaciones que se dejarían de pagar, sería de unos 185.000 millones de euros. Suponiendo que el coste, así a bote pronto, fuera asumible para la sociedad española, ¿aceptarían que cualquier persona pudiera cobrar esta renta básica? Los promotores de la idea actualizan sus propuestas en una página web defensora de la renta básica.

He localizado en el blog Nada es Gratis un análisis, dividido en dos partes, sobre la renta básica y la renta mínima, que les invito a consultar. No comparto la totalidad de lo que se afirma en dicho trabajo, pero me parece una aproximación honesta al problema. Porque tenemos un problema al que debemos darle solución. La última explosión económica que precedió a la crisis, esa burbuja llena de espuma que alteró el panorama económico español, nos dejó miles de desempleados sin preparación ni estudios, de difícil empleabilidad y la pregunta inmediata es ¿cómo van a lograr los ingresos que eviten su exclusión social?

Porque la renta básica está muy bien en una sociedad próxima a lo ideal para evitar la pobreza, pero mientras evitamos la pobreza y hacemos posible ese mundo ideal, ¿qué hacemos con aquellos que no tienen recursos para subsistir? Y una vez que nos decidimos a aplicar estas medidas de orden social para evitar la exclusión ¿no estaremos haciendo de llamada para atraer a terceros de otros lugares que viven en la indigencia? Y ya instalados en la senda de la virtud ¿cómo seremos capaces de generar la riqueza necesaria para afrontar, de manera sostenible, un sistema universal que evite la pobreza? En definitiva, ¿es posible que una sociedad pueda vivir sin trabajar?

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

Un comentario en “¿vivir sin trabajar?

  1. Carlos

    ¿Es posible una sociedad que cubra las necesidades básicas de forma automatizada con varios sistemas de redundancia ante fallos?

    Es una pregunta retórica, no conteste. Claro que es posible. Y por tanto es posible una sociedad sin empleo. ¿Llamaremos trabajo a lo que hagamos de forma voluntaria? Esa es la pregunta, no si podemos vivir sin trabajar. ¿Ves a algún animal trabajando? Todos viven y hacen cosas, pero no se le llama trabajo ni empleo.

    Hemos montado un chiringo para supuestamente vivir mejor, pero la mayoría es prescindible. La RBU, apunta a la buena vida, no al pleno empleo.

     
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