mercadillo de antigüedades

 

En el fin de semana que acaba de concluir, un medio digital nos ilustraba sobre los quioscos de prensa e informaba de la reducción de su número, consecuencia de los cambios tecnológicos, especialmente desde la aparición de Internet en nuestras vidas cotidianas y la conversión de la prensa, propiamente dicha, en medios digitales o, directamente, por la desaparición de algunas cabeceras. Al parecer, los puntos de venta se han reducido de 26.000 a 21.000 en el plazo de 7 años. Pero por las historias que reseñan en el artículo tengo la sensación de que el número de los que están operativos podría ser bastante menor. Nunca fue la prensa un negocio de altos vuelos en nuestro país, aunque algunas fortunas proporcionaron, y prueba de ello son la cantidad de revistas que resultaban deficitarias y, antes o después, terminaban cerrando. Como grandes han sido las cantidades pagadas por el Estado y otras administraciones públicas, en forma de subvenciones o suscripciones innecesarias, para sostener a los medios; en democracia y durante la dictadura. Muchos se quejan ahora de la falta de medios de comunicación potentes, a la vez que independientes, que apuesten de verdad por la información, actuando como cuarto poder que se decía antes. Aunque no piensen que el problema es exclusivamente español o del estado español.

Los seguidores del blog saben de mi continua denuncia de no estar en una economía de mercado, para más precisión, una economía social de mercado. Pero mercado, al fin y al cabo, donde la competencia brille por su presencia y no por su ausencia, donde el dinamismo emprendedor pueda surgir con rotundidad y, aunque con fracasos, que siempre son aleccionadores, aparezcan empresas que den curso a la ingente imaginación con la que cuentan muchos jóvenes que luego triunfan en el exterior o permitan que la visión de nuevas oportunidades de negocio, detectadas por empresarios arriesgados, puedan desarrollarse con éxito. Pues bien, hoy vuelvo a ello porque las últimas noticias que nos llegan de nuestras empresas, incluso de los poderes públicos, son muy desalentadoras y prueban que este mercado no es tal, amén de seguir sosteniendo unas estructuras anticuadas que ponen en riesgo nuestra presencia entre la élite económica mundial, donde, a lo mejor, nunca estuvimos pues nunca salimos del rincón de la historia.

Un colega me contaba la pasada semana que unos empresarios, guerreros, por dar guerra no por emprendedores, le habían sugerido que contabilizase una determinada operación de tal forma que la deuda que conllevaba quedase parcialmente enmascarada, utilizando un esquema similar al que usaban los fieros expertos de la quebrada Lehman Brothers, y utilizando las llamadas cuentas de orden, procedimiento antediluviano donde los haya. Derroche de ingenio para ocultar la realidad, cuando, curiosamente, la realidad de la que forman parte es buena y no necesita de maquillajes. Pero son empresarios, bueno, dueños de una empresa, parte de un amplio grupo de otros dueños de empresas que están más pendientes de enmascarar y ocultar que en avanzar, de aquellos preocupados en no pagar impuestos, en vez de preocuparse por ganar más, legalmente. El malvado dueño de empresas, que no empresario, que nos pinta ‘El Roto’ en sus historias gráficas, abundante en el entorno, es el que piensa más en el engaño que en el progreso.

Pero muchos de Uds. pensarán que la historia que les acabo de relatar no guarda relación con las grandes empresas y empresarios del país. Se confunden, desgraciadamente no se suelen contagiar aquellos factores que son positivos, como la inteligencia o el afán de superación, si no estamos pendientes el contagio es de la estupidez o de lo cutre o de lo antiguo. Ya saben que, según los anticuarios, antiguo es lo que tiene más de un siglo, mientras que el resto es viejo, en nuestro caso da igual más o menos de cien años. Ya verán como tengo razón, pero antes déjenme explicarles una cuestión de tipo técnico. En el mundo contable se llama consolidación de las cuentas de las empresas de un grupo, o consolidación a secas, al resultado de agregar todas las cuentas en cuestión, eliminando de esa suma las operaciones entre esas empresas, de tal forma que las cuentas consolidadas sean un reflejo de las operaciones del grupo con terceros simplemente. Y se exige legalmente la consolidación para conocer, de verdad, el volumen de actividad del grupo, sin la trampa de inflar operaciones entre empresas vinculadas.

Pues bien, el muy famoso grupo PRISA, inmerso en un proceso de reestructuración de deuda, desde hace años, y de cambios en la cúpula ejecutiva, ha decidido, con el beneplácito de nuestra querida Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), llevar a cabo una operación de maquillaje en las cuentas de la cabecera del grupo por aquello de que así podrán ahorrarse ciertas operaciones de reducción de capital, a las que están obligados por la vigente Ley de Sociedades de Capital. De tal manera que, pueden leer aquí la noticia en detalle, se van a vender las acciones de la editorial Santillana desde una empresa a otra, del mismo grupo ambas, para poder registrar un beneficio contable de 450 millones de euros, que en los estados contables consolidados no podrán figurar, pero como esos no son los que se tienen en cuenta para cumplir con la Ley de Sociedades de Capital, pues así se aparenta que somos, aunque ya sabemos que no somos, y de paso los bancos que van a soltar el dinero de la ampliación de capital en marcha, de 563 millones de euros, se quedan más tranquilos pues, nominalmente, no se ven obligados a reconocer, al día siguiente de la ampliación, una pérdida del 90% de lo desembolsado. ¿De verdad nadie tiene nada que oponer a semejante ejemplo de artificio contable con el único objetivo de salvar la capacidad de influir en la vida política y económica?, ¿estos medios son los adalides de la transparencia y del buen hacer?, ¿forman parte estos enjuagues del conocido como código Conthe de buen gobierno?

Y lo mejor está por llegar. En este país, antiguo, que no viejo, muchos dueños de empresas, a lo largo de la historia, cuando se han visto en dificultades han acudido al Estado, ese del que suelen abominar, para pedirle árnica, para que les lance un flotador al que agarrarse para mantenerse a flote mientras sueltan lastre. Las consecuencias han sido, casi siempre, que el lastre lo termina asumiendo el Estado o la administración pública de turno. El más famoso el Instituto Nacional de Industria (INI) de triste recuerdo. Y como estas cosas se repiten con el tiempo, esta semana hemos conocido que El Corte Inglés, Carrefour e IKEA, le han pedido al gobierno que les ayude para defenderse de la malvada competencia de Amazon y exigen un marco normativo “moderno, flexible y que responda a la realidad del mercado”. Y yo me pregunto ¿de verdad son necesarios horarios más amplios y flexibles para poder competir con Amazon?, ¿hacen falta ventajas fiscales para poder competir con Amazon?, ¿no será que lo que hacen falta son empresarios que promuevan actividades de futuro e inversores, sin aversión al riesgo, que inviertan en ellos?, ¿cuántos años lleva Amazon desarrollando su negocio, por una parte, y los expertos avisando de que el modelo español de distribución se ha quedado sin futuro, por otra?

Quizá sea exagerado, pero en España no hay mercado, hay mercadillo y, para colmo, de antigüedades. Y si nadie lo remedia, emprendedores, empresarios o inversores, nos seguiremos deslizando por la pendiente de la obsolescencia, con la inestimable ayuda de las administraciones públicas que están poniendo su granito de arena al no poner en marcha cambios en los procedimientos y las prácticas al uso o consintiendo las prácticas monopolistas, como ya ocurre con la banca y cuyo abuso nos pasará factura.

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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