nacionalismo y empresa

 

Hablar de nacionalismos es un asunto delicado porque es un impulso, una ideología, una actitud, identifíquenlo como crean conveniente, cargada de una cierta irracionalidad. El nacionalismo forma parte de esos impulsos, ideologías o actitudes en las que no todo es lógica o reflexión. Por eso, porque afecta a los sentimientos, resulta difícil hablar sin molestar. A pesar de ello, lo voy a intentar, pidiendo disculpas anticipadas a aquellos que puedan sentirse molestos al terminar la lectura. Pero hay que hablar de todo aquello que afecta al mundo económico, al mundo de la empresa. Y el nacionalismo está presente en el mundo empresarial, a pesar de todos los pesares. ¿Cuántas veces nos enfrentamos con la noticia sobre una empresa a la que rápidamente le añadimos el gallega, catalana, andaluza, estadounidense, británica o alemana, a pesar de saber perfectamente cuál es su origen?

Es comprensible que las personas que dirigen una empresa, no olvidemos que son las personas porque las empresas no tienen sentimientos, se sientan apegados a un territorio del que son naturales o en el que han crecido y quieran identificar a esa empresa con ese territorio. Hasta es normal que esos dirigentes, recuerdo que las empresas no tienen sentimientos, quieran que sus conciudadanos les reconozcan los logros alcanzados, especialmente cuando la aventura empresarial ha resultado, al menos de momento, exitosa. De ahí que en los días de, añadan el nombre del territorio que quieran destacar, se entreguen tantas placas y se nombren hijos predilectos a tantos dirigentes de empresas renombradas nacidas en las tierras, esa que acaban de nombrar.

Y hasta aquí todo es normal, no por cotidiano, sino porque es razonable que se produzcan estos agradecimientos y reconocimientos públicos. ¡Cuántas empresas adornan sus nombres, emblemas, símbolos o rótulos con las banderas de sus países o naciones! Incluso las hay que se adornan con los escudos de las casas reales de las que son proveedores oficiales, que a su vez obtienen ingresos por este reconocimiento propagandístico.

La semana pasada hablaba del proteccionismo y las barreras que existen en el comercio internacional y que parecen alzarse nuevamente. Pues bien, el nacionalismo es una barrera más de las muchas que se pueden establecer para impedir el comercio desde o hacia otros territorios. Lo problemático del nacionalismo es que dicha barrera no es fácilmente combatible con las reglas del comercio exterior, porque a veces la barrera nacionalista se produce entre territorios entre los que no existe frontera de ninguna clase. Son habituales en los tratados comerciales de última generación las cláusulas que se incorporan para intentar reducir las barreras nacionalistas que puedan producirse entre los países implicados. Pero en el caso de que no hablemos de países afectados ¿cómo resolvemos el problema? Estoy seguro que ya saben a qué me refiero. Les recuerdo un caso famoso. No era por una cuestión nacionalista, pero irracional como aquella, que se produjo un rechazo sin paliativos a una marca de electrodomésticos, en una zona de España, porque cometió el “error” de patrocinar a un equipo de fútbol muy conocido, directo competidor del preferido en el otro territorio.

Esta cuestión se nota mucho en los medios de comunicación cuando nos hablan de las empresas. Cuando marchan bien son, sevillanas, por ejemplo, pero cuando marchan regular o mal son andaluzas, las distanciamos. Perdonen los nativos por usarles de ejemplo. Y en este país tan nacionalizado, no por ser del Estado sino por tan gran número de nacionalismos como existen, nos ocurre frecuentemente a más alto nivel. Vamos, que son españolas las que van mal y valencianas, gallegas o riojanas las que van bien.

En otras ocasiones el ejercicio del nacionalismo, seguramente mal entendido, lleva a las autoridades del lugar a exigir que las decisiones que afectan a empresas de su territorio, pero que tienen repercusión estatal, sean dirigidas por aquellos, aunque desde el punto de vista empresarial supongan adoptar medidas erróneas en grado sumo. Esto lo hemos vivido muy especialmente durante la Gran Recesión que se desató a partir de 2007, y de la que no me atrevo a decir aún que ya hayamos salido, especialmente por lo que concierne a las cajas de ahorro. Las cajas de ahorro eran el paradigma de la empresa “nacional” y precisamente por salir de su territorio “natural” para crecer, pero seguir ancladas a sus formas y maneras, se vinieron abajo la mayoría. Citemos como ejemplo de una actuación nacionalista, de resultados catastróficos en lo empresarial, lo ocurrido con las cajas gallegas. En 2007 existían en Galicia, fundamentalmente, dos entidades, CaixaNova (Caja de Ahorros de Vigo, Orense y Pontevedra) y Caixa Galicia (Caja de Ahorros de Galicia) En diciembre de 2010, ante las dificultades que presentaban ambas entidades, había que darles alguna salida y la Xunta de Galicia exigió y logró que se fusionaran entre sí y no por separado con otras entidades financieras, como aconsejaba la lógica empresarial. Grave error, la entidad fusionada no podría resistir el paso del tiempo, entre otras razones, porque no podía mantener abiertas oficinas de la misma entidad que compartían edificio cuando eran competidoras. Ya no hay rastro de la muy gallega NovaCaixaGalicia, resultante de la fusión.

Decía al principio que las empresas no tienen sentimientos, son las personas las que los tienen y el asunto del nacionalismo está más relacionado con los sentimientos que con la razón. Y es por eso que hay que ser muy prudente, como dirigente de empresa, para no dejarse llevar por cuestiones que, pudiendo afectar a la cuenta de resultados, son difíciles de cambiar con instrumentos propios de la acción empresarial. Combatir ciertos atavismos requiere un gran esfuerzo de marketing, no bastan simples campañas de comunicación. Las pruebas las tenemos al alcance de la mano todos los días, ¿por qué se tardó tanto tiempo en abrir un hipermercado que no fuera del grupo Eroski en el País Vasco? Y, sin embargo, aquí pueden escuchar, como aborda una cadena de radio, pública, la llegada, nada menos que en 2013, del gigante de la distribución comercial en España a esas tierras, ¿temen la competencia?

Todas estas cuestiones del nacionalismo alteran las reglas del mercado e impiden la competencia. Y no crean que solo cuecen habas en esta tierra nuestra, esto pasa en muchos países del mundo. Y si esto del nacionalismo hace difícil decidir si se puede abrir un supermercado de una empresa de “origen” valenciano u otro de “las nuestras”, imaginen lo que debe afectar esto del nacionalismo para avanzar en la Unión Europea (UE) y esto va especialmente dirigido a los que tanto critican la, supuesta, lentitud de la UE en adoptar ciertas decisiones.

Pero volvamos a los nacionalismos y a las malas decisiones estratégicas que a lo peor nos quieren hacer recaer sobre “todos” y por eso nos empezamos a enterar del asunto. En esta semana hemos conocido que el Grupo Eroski, cooperativa de consumo, tiene problemas para refinanciar la abultadísima deuda de 2.300 millones de euros que tiene con las entidades financieras. Deuda que, básicamente, procede de la adquisición de la cadena de supermercados Caprabo por la que llegó a pagar unos 1.600 millones de euros en su momento. Vamos, la deuda de Eroski (filial de Mondragón Sociedad Cooperativa, que se reconoce como el principal grupo industrial del País Vasco) es en proporción a sus ventas (aproximadamente un 40%) como si Mercadona tuviera una deuda de más de 9.000 millones de euros. Veremos en que termina este asunto porque, créanme, esa deuda es casi imposible de pagar, salvo que los nacionalismos la hagan suya.

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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