lecturas de verano (1)

 

Para que el descanso sea más ameno he preparado unos breves textos, tomados de libros señalados, que les invito a leer porque, en mi opinión, contribuyen a formar criterio para el análisis sosegado y serio que requiere nuestra economía. Los problemas no se resuelven ocultándolos sino afrontándolos. Por eso es bueno leer y conocer distintos relatos. La elección no es neutral, como es lógico, pero sí variada. Espero que les guste. ¡Ah! y recuerden, pasear y leer son ejercicios sanos, también en sentido económico. Hoy:

Caída libre. El libre mercado y el hundimiento de la economía mundial
Joseph E. Stiglitz
Punto de lectura. 2011

Homo economicus

Caída libre. Joseph E. StiglitzA la mayoría de nosotros no nos gusta pensar que somos como pretende la visión del hombre que subyace a los modelos económicos dominantes: individuos calculadores, racionales y egoístas. No hay espacio para la empatía, el interés por lo público y el altruismo. Un aspecto interesante de la economía es que el modelo proporciona una mejor descripción de los economistas que de otros seres humanos, y cuanto más tiempo pasan estudiando economía los estudiantes más se parecen al modelo.

Lo que entienden los economistas por racionalidad no es exactamente lo que entiende la mayoría. Lo que quieren decir los economistas sería mejor denominarlo coherencia. Si una persona prefiere el helado de chocolate al de vainilla, siempre que le den a elegir al mismo precio tomará la misma decisión. La racionalidad también implica coherencia en elecciones más complejas: si una persona prefiere el chocolate a la vainilla y la vainilla a la fresa, entonces cuando le den a elegir chocolate y fresa, elegirá siempre el chocolate.

Esa «racionalidad» tiene otros aspectos. Uno es el principio básico que he mencionado en el Capítulo 5: lo pasado, pasado está. Los sujetos siempre deberían mirar hacia el futuro. Un ejemplo clásico ilustra que la mayoría no son racionales en este sentido. Supongamos que a usted le gusta mucho ver partidos de fútbol pero odia más aún mojarse. Si alguien le ofrece una entrada gratis para ir a ver un partido de fútbol y está lloviendo, rechazará el ofrecimiento. Pero ahora supongamos que ha pagado 100 dólares por la entrada. Como a la mayoría de la gente, le resultará difícil tirar 100 dólares a la basura. Irá a ver el partido, aunque mojarse le deprima. Un economista diría que usted es irracional.

Desgraciadamente, los economistas han llevado su modelo de racionalidad más allá de lo sensato. Uno aprende qué es lo que le gusta -lo que le da placer- gracias a experiencias repetidas. Uno prueba distintas clases de helado o distintas clases de lechuga. Pero los economistas han intentado emplear el mismo modelo para explicar decisiones cuyas consecuencias se ven a largo plazo, como los ahorros para la jubilación. Debería ser obvio: no hay manera de averiguar si uno tendría que haber ahorrado más o menos hasta que es demasiado tarde, cuando ya no es posible aprender de la experiencia. Al final de su vida, uno puede decir: «Ojalá hubiera horrado más, los últimos años han sido realmente penosos, de buena gana hubiera dado una de mis vacaciones en la playa para poder gastar algo más ahora». O puede decir: «Ojalá hubiera ahorrado menos, habría disfrutado mucho más ese dinero cuando era joven». Sea como fuere, uno no puede volver atrás y vivir otra vez la vida. A menos que exista la reencarnación, lo que uno ha aprendido no tiene valor. N siquiera tiene valor para los hijos o los nietos, porque el contexto económico y social del futuro será muy distinto del de hoy. Por lo tanto, nos queda claro lo que realmente quieren decir los economistas cuando intentan extender el modelo de racionalidad que se aplica a la elección entre distintos sabores de helado a las grandes decisiones de la vida, como cuánto tiene uno que ahorrar o cómo tiene que invertir sus ahorros pensando en la jubilación.

Además, la racionalidad no significa para un economista que los individuos actúen necesariamente de forma coherente con aquello que les hace felices. Los estadounidenses hablan de trabajar mucho para su familia, pero algunos trabajan tanto que no tienen tiempo para estar con ella. Los psicólogos han estudiado la felicidad, y muchas de las opciones que escoge la gente, al igual que muchos cambios en la estructura de nuestra economía, no aumentan la felicidad. La relación con otras personas es importante para sentirse bien, y sin embargo muchos de los cambios de nuestra sociedad han minado esa conexión con los demás, como tan bien explica el libro clásico de Robert Putnam Solo en la bolera.

Tradicionalmente los economistas han tenido poco que decir sobre los lazos entre lo que las personas hacen y lo que les da felicidad o bienestar. De ahí que se concentren en el tema más limitado de la coherencia. La investigación de los últimos veinticinco años ha demostrado que los individuos no actúan coherentemente, sino que lo hacen de una forma muy distinta a la que predice el modelo estándar de racionalidad. En este sentido, son previsiblemente racionales. Las teorías estándar, por ejemplo, dicen que los individuos «racionales» deberían fijarse sólo en los sueldos y los ingresos reales, ajustados según la inflación. Si los sueldos caen un 5 por ciento pero los precios también, la situación para ellos no varía. Sin embargo, es de una evidencia aplastante que a los trabajadores no les gusta que les rebajen el sueldo. Un empresario que redujera los sueldos de acuerdo con la caída de los precios sería considerado más negativamente que uno que los aumentara un 1 por ciento cuando los precios suben un 5 por ciento, aunque el sueldo real disminuya menos en el primer caso.

… No dejen de leer el libro

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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