lecturas de verano (3)

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Para que el descanso sea más ameno he preparado unos breves textos, tomados de libros señalados, que les invito a leer porque, en mi opinión, contribuyen a formar criterio para el análisis sosegado y serio que requiere nuestra economía. Los problemas no se resuelven ocultándolos sino afrontándolos. Por eso es bueno leer y conocer distintos relatos. La elección no es neutral, como es lógico, pero sí variada. Espero que les guste. ¡Ah! y recuerden, pasear y leer son ejercicios sanos, también en sentido económico. Hoy:

Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera
Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff
Fondo de Cultura Económica. 2012

La última versión del síndrome de “esta vez es distinto”

Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera. Carmen M Reinhart y Kenneth S. RogoffAl abordar la reciente crisis financiera descubrimos que prevalecía la idea de que deudores y acreedores habían aprendido de los errores del pasado y que las crisis financieras no iban a volver por un largo tiempo, al menos en los mercados emergentes y en las economías avanzadas. Se afirmaba que gracias a políticas macroeconómicas mejor informadas y prácticas crediticias más inteligentes era casi imposible que el mundo presenciara una nueva oleada de impagos. De hecho, en el periodo previo a la reciente crisis financiera, se apelaba con insistencia al argumento de “esta vez es distinto” para los mercados emergentes en virtud de que sus gobiernos ahora dependían más de financiamientos de deuda interna.

Sin embargo, puede ser prematuro echar las campanas al vuelo, pues ello es desconocer la historia de los mercados emergentes. Los ciclos de flujo de capital e impago han estado presentes desde por lo menos 1800, si no es que desde antes, en otras partes del planeta. No es claro entonces por qué habrían de terminar de un momento a otro.

En cuanto a los países ricos, durante la antesala de la reciente crisis el síndrome de “esta vez es distinto” asumió sobre todo la forma de una confianza absoluta en la invulnerabilidad de las actuales instituciones monetarias. Los bancos centrales quedaron prendados de sus propias estrategias para fijar metas inflacionarias, en la creencia de que habían descubierto la manera de mantener una inflación baja y estabilizar la producción de manera óptima. Aunque su éxito se debió a un decidido avance institucional, en especial en términos de autonomía, al parecer fue mayor el alarde alrededor del mismo. Políticas que parecían funcionar a la perfección durante un boom generalizado, de pronto, frente a una recesión de grandes dimensiones, resultaban ser todo menos robustas. Por su parte, los inversionistas confiaban en que los bancos centrales los rescatarían en caso de algún problema. La famosa “opción de venta Greenspan” (así llamada en honor al Presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan) estuvo basada en la creencia (justificada empíricamente) de que el banco central de los Estados Unidos resistiría un incremento en las tasas de interés en respuesta a una rápida escalada en los precios de los activos (y por lo tanto no las combatiría), pero que reaccionaría con determinación ante cualquier caída abrupta de dichos precios reduciendo la las tasas de interés a fin de apuntalarlos. De este modo, pensaron los mercados, la Reserva Federal recurriría a medidas extraordinarias tan pronto como se iniciara un colapso, es algo que hoy ha quedado demostrado. En retrospectiva, hoy resulta evidente que un acercamiento basado enteramente en la inflación sólo puede justificarse en un contexto donde otros reguladores garanticen que el apalancamiento (el endeudamiento) no será excesivo.

Así las cosas, la lección de la historia es que si bien las instituciones y las políticas económicas siguen perfeccionándose, siempre existirá la tentación de sobrepasar los límites. Tal como un individuo puede irse a la bancarrota sin importar su riqueza inicial, un sistema financiero puede colapsarse bajo la presión de la codicia, los intereses y el lucro sin importar cuán bien regulado parezca estar.

La tecnología ha cambiado, la estatura de los seres humanos ha cambiado y las modas han cambiado. Sin embargo, la habilidad de los gobiernos y los inversionistas para autoengañarse una y otra vez provocando ataques de euforia que por lo general terminan en lágrimas, parece seguir siendo constante. A ningún lector atento de Friedman y Schwartz le causará sorpresa esta lección sobre la capacidad de los gobiernos para arruinar los mercados financieros, tema central de sus análisis. En cuanto a los mercados financieros, con gran tino Kindleberger dio al primer capítulo de su famoso libro el siguiente título: “Crisis financieras. Una resistente planta perenne”.

Hemos regresado adonde comenzamos: el concepto de fragilidad financiera en las economías sumamente endeudadas. Muy a menudo, periodos de fuerte endeudamiento pueden tener lugar en medio de una burbuja y prolongarse por un tiempo asombrosamente largo. Sin embargo, las economías con un alto grado de apalancamiento, en particular aquellas donde la continua renegociación de la deuda corto plazo se sostiene gracias únicamente a la confianza en activos implícitos poco líquidos, rara vez sobreviven por mucho tiempo, sobre todo si el apalancamiento sigue creciendo libremente. Quizá esta vez parezca distinto, pero casi siempre una mirada más a fondo revela que no es así. Es un alivio saber que la historia ofrece, en efecto, señales de alerta, señales que los responsables de la política económica pueden considerar al momento de evaluar los riesgos -siempre y cuando, escudados en una burbuja crediticia, no los ciegue demasiado el éxito, asegurando, como lo han hecho sus predecesores, por siglos, que “esta vez es distinto”-.

… No dejen de leer el libro

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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