lecturas de verano (4)

 

Para que el descanso sea más ameno he preparado unos breves textos, tomados de libros señalados, que les invito a leer porque, en mi opinión, contribuyen a formar criterio para el análisis sosegado y serio que requiere nuestra economía. Los problemas no se resuelven ocultándolos sino afrontándolos. Por eso es bueno leer y conocer distintos relatos. La elección no es neutral, como es lógico, pero sí variada. Espero que les guste. ¡Ah! y recuerden, pasear y leer son ejercicios sanos, también en sentido económico. Hoy:

La economía del miedo
Joaquín  Estefanía
Galaxia Gutemberg, Círculo de Lectores. 2012

El capitalismo tiene los siglos contados

La economía del miedo. Joaquín EstefaníaEl economista francés Jean-Paul Fitoussi escribió una alegoría. En ella, la crisis dice a los perdedores: «Lamentamos sinceramente el destino que habéis tenido, pero las leyes de la economía son despiadadas y es preciso que os adaptéis a ellas reduciendo las protecciones que aún tenéis. Si os queréis enriquecer debéis aceptar previamente una mayor precariedad; este es el camino que os hará encontrar el futuro».

Este es un libro de economía política que polemiza con esa falsa salida ideológica a la crisis. Para conseguir el control social de la misma se ha instalado «la economía del miedo». A principios del siglo XXI, el miedo -que siempre ha sido un fiel aliado del poder y un arma de dominación política y social- adopta rostros inéditos: ya no se trata de los temores tradicionales (a la muerte, la enfermedad, las catástrofes naturales, al terrorismo) que siguen presentes entre nosotros, sino del miedo al «otro», al que viene a disputar los pocos empleos existentes y los beneficios del Estado del Bienestar, a la inseguridad económica, a una distribución de la renta y la riqueza cada vez más regresiva y, sobre todo, el miedo a que nuestros representantes, aquellos a los que hemos elegido para que nos ayuden a resolver los problemas públicos y comunes, sean impotentes porque las decisiones ya no se toman en los establecimientos habituales de la democracia (los parlamentos), sino en otros territorios alejados, oscuros e impersonales. Ha nacido el poder fáctico de los mercados. El dibujante El Roto ha resumido en una viñeta que decía: «Tuvimos que asustar a la población para tranquilizar a los mercados».

Y estos, aprovechando la Gran Recesión, tienden a reducir los beneficios sociales, los derechos y las conquistas que nos hicieron triplemente ciudadanos (civiles, políticos y económicos o sociales) durante los últimos tres cuartos de siglo. Lo que Hannah Arendt llamaba «el derecho de la gente a tener derechos». Hay un extraordinario retroceso sustentado en la falsa alternativa entre eficacia y solidaridad. En este sentido, la Gran Recesión tendrá consecuencias telúricas tan significativas en el terreno de las ideas y de la composición social como la revolución conservadora de los años ochenta, la caída del Muro de Berlín y del socialismo real en los noventa, o los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. El que fue presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan -considerado por muchos uno de los principales responsables de las burbujas que al estallar generaron una crisis que estaba embalsada- manifestó hace poco tiempo que permanecía en «estado de conmoción» porque «todo el edificio intelectual se ha hundido».

Los ciudadanos del Primer Mundo temen que sus hijos vayan a vivir peor que ellos y se interrumpa el concepto del progreso. Y estos últimos, afectados por un insoportable desasosiego, altas tasas de paro y precariedad, opinan que el sistema que no les acoge con normalidad es fallido, corrupto, indiferente e irresponsable, y comienzan a movilizarse e indignarse después de una fase de «silencio de las víctimas». Las secuelas que la crisis económica está dejando se miden en una sociedad crecientemente empobrecida en la que el empleo -y mucho más el empleo de calidad- deviene en un lujo, el poder adquisitivo de las clases medias se reduce, es mucho mayor el número de empresas que mueren que las que nacen, el crédito no fluye por las cañerías del sistema, se agota el impulso contra el cambio climático que proviene de la acción del hombre, y que hace permanente inventario de las pérdidas (económicas pero también políticas) sufridas en el último lustro, cuando todavía no se ve la luz al final del túnel. Esta es la primera crisis en las últimas ocho décadas en las que los ciudadanos no creen en el mito del eterno retorno y saben que el punto de llegada será diferente (y peor) al de partida.

Cada uno de nosotros se pregunta cuándo me tocará a mí, lo que genera desarraigo e incertidumbre, un concepto equivalente al del miedo que caracteriza la era moderna líquida, en palabras del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que ha teorizado que la modernidad iba a ser aquel periodo de la historia en el que se iban a dejar atrás los temores que dominaron la vida del pasado, los ciudadanos se iban a hacer con el control de sus vidas y domeñarían las fuerzas descontroladas de los mundos político, social y natural.

Crece la desigualdad en el interior de los países, como en otras ocasiones. La diferencia es que ahora lo hace, sobre todo, porque los pobres cada vez lo son más. En lugar de crecer las clases medias, aumentan los extremos del espectro: en uno de los laterales del ring, las élites, que están en plena rebelión y ya no quieren pagar los costes de su pertenencia a la sociedad, que se enriquecen más allá de toda lógica, exhiben sin vergüenza sus diferencias, se liberan de la suerte de las mayorías, rompen el contrato social que los une como ciudadanos y abominan de los impuestos; en otro, los desafiliados, los que van quedándose por el camino de las crecientes dificultades, y multitud de jóvenes que ni siquiera han podido iniciarlo y que no conocen lo que es un empleo decente y estable, sea cual sea su nivel de cualificación. Se produce una desocialización de la sociedad, valga la redundancia. Estamos pasando del aburguesamiento del proletariado, que tanto le preocupaba antes a la izquierda, a la proletarización de las clases medias.

… No dejen de leer el libro

Escrito por Pedro Luis Egea Vega

Pedro Luis Egea Vega

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